Aunque no son muy conocidas, hay algunos cuentos cortos, novelas, historias, poemas que tienen como objetivo central, el ferrocarril. A continuación, les comparto este cuento llamado "El Tren Fantasma", cuyo autor es Carlos Rodríguez, publicado en la revista "Ferronales", en 1941.
El Tren Fantasma
Carlos Rodríguez
Al anochecer de un día caluroso, el armón de la División del Sur en que viajaba llegó al kilómetro 284. Ahí hay del lado derecho de la vía rumbo al norte, un cañón o tajo de bastante profundidad, en donde teníamos instrucciones de esperar el encuentro del tren número 204 para poder proseguir nuestro camino.
—Ahí esta el guardatajo,— dijo uno de los hombres que iban conmigo en el armón. Efectivamente, a un lado de la vía estaba un hombre alto que a pesar del calor llevaba llevaba un sarape echado sobre los hombros, y que tenía en la mano su linterna roja encendida.
Nos saludó cortésmente y entonces pude notar que le faltaba la pierna derecha hasta algo más arriba de la rodilla, supliendo esta falta con un aditamento de tosca madera amarrado con gruesas correas. La oscuridad creciente y su ancho sombrero de palma no hacían posible percibir claramente sus facciones. Había algo patético en ese hombre cojo y solitario que surgía de la penumbra de aquel anochecer.
Desmontamos el armón de la vía principal para esperar el paso del tren y mientras mis dos acompañantes encendían una pequeña fogata en las cercanías de la vía para calentar algún refrigerio, yo me adelanté hacía el tajo sentándome en un montículo para admirar aquel espléndido crepúsculo de la tierra caliente.
Magnífica puesta de sol era aquella, digna del trópico de México, olorosa a limoneros y a naranjales, en donde los bananos y cocoteros parecen abanicarse constantemente como agobiados por el intenso calor. Hermosas tierras donde florecen los cafetos y el cacao, pero en las que el trabajador ferrocarrilero vive con grandes trabajos en medio de estas bellezas, luchando continuamente con la tupida vegetación que asalta las vías; perseguido por los mosquitos; acechado siempre por, y muchas veces víctima del paludismo y la fiebres; laborando en medio del calor tropical, calor intenso que cuando llueve suele convertirse en un vaho ardoroso y sofocante. Sólo cuando las vías se acercan al litoral se recibe la fresca caricia de la brisa que arrastra un suave y lejano olor marino.
El sol había dado ya sus últimas pinceladas de carmín y ocre a las nubes que flotaban en el horizonte; una bandada de aves tropicales volaba bañada en suave luz opalina, y en el cielo de un azul tenue brillaban ya las estrellas. La tranquilidad del ambiente y la belleza natural del momento hacían que me sintiera en uno de esos raros instantes en que parece como percibiese el palpitar remoto y misterioso de la naturaleza que nos rodea.
De pronto, me turbó mi contemplación un ruido familiar, lejano e inconfundible. El ruido del tren. Me levanté para dirigirme hacía nuestro armón, pero ahí estaba frente a mí, surgiendo nuevamente de la penumbra de aquel anochecer, el guardatajo de la pierna de palo.
Dio un paso hacia mí y me dijo:
Eso que ha oído, señor, no es el ruido del tren. El número 204 todavía tarda en llegar.
—¡Cómo!— repuse sorprendido— , cualquiera diría que ese tren viene hacia acá.
— No, señor— respondió con aplomo y sin inmutarse el hombre cojo—, ese ruido no es de ningún tren.
Ante mi actitud de asombro prosiguió:
—Usté ha de ser nuevo en la división. Ese ruido es del tren fantasma, como por aquí le llaman, que a veces se oye en este tajo.
Miré incrédulo hacia donde se encontraban mis compañeros del armón. Su actitud no denotaba que hubieran oído el ruido de claramente percibido por mí. Poniendo una vez atención, pude darme cuenta con sorpresa que el ruido del tren en marcha que oí tan claramente había desaparecido perdiéndose en la cálida atmósfera de. El guardatajo, dándose cuenta de —Ese ruido se oye desde que hubo aquí un terrible accidente hace años.
En parte para estimular al hombre de la pierna de palo, y también para alejar algo la nube de zancudos que zumbaban a nuestro alrededor, saqué de mi bolsillo unos puros y ofrecí a mi interlocutor, quien después de encenderlo arrojó una bocanada de humo a la nube de mosquitos, diciéndome:
—Este accidente ha sido el más terrible que ha ocurrido en la división. Entonces no había nadie de guardia en este lugar. Fue un tren de carga que también llevaba un tanque con gasolina. Como usté ve —dijo animándose—, la llegada a este tajo está en pendiente y aquí mero pasó el descarrilamiento, —y señaló con amplio ademán el sitio, continuando—: el accidente fue por un riel roto, según dijeron los jefes. La máquina saltó de la vía, y como la orilla es débil, se derrumbó con el peso cayendo al fondo del tajo arrastrando todo el tren. El tanque de gasolina se rompió y el líquido se tiró, cogiendo fuego con alguna chispa de la locomotora. Todo el tajo era como un horno donde se achicharraron los carros y los pobres compañeros de la tripulación. Ahí murieron, sin tener tiempo de salir de su cabús, el conductor Jaimes, dos garroteros, el fogonero y el maquinista Zamudio. Cuando llegamos con el tren de auxilio y la grúa, el equipo seguía ardiendo.
El hombre de la pata de palo guardó silencio unos instantes. Después , acercándose más a mí, me dijo con una rara entonación de voz:
—También algunas noches, después de oírse el ruido del tren, salen del fondo del tajo quejidos lastimosos...
Los mosquitos seguían persistentes a nuestro alrededor, y una chicharra en las cercanías comenzó a lanzar su estridente y monótono canto. De pronto, volví a oír el tren y un largo y lejano silbido.
Esta vez me quedé inmóvil dudando, pero el guardatajo me dijo:
—Ese sí es el número 204 que ustedes esperan.
Después de regalarle otros puros al solitario guardatajo de la pierna de palo y de despedirme despedirme de él, me di cuenta de que no había podido distinguir sus facciones por la oscuridad del momento, y las sobras que a su alrededor hacía más densas la luz roja de su linterna. Y cuando nos alejábamos tuve la rara impresión de que había hablado con un hombre fantasma, sin pierna ni rostro, que me relató esta historia.
Sólo su roja linterna que brillaba en la oscuridad me señalaba vagamente el tajo donde algunas noches se escuchan los lamentos y el extraño ruido del tren fantasma.

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